La venganza del funcionario


Por El Funcionario del Antifaz

Mi taxista quizás tenía razón, y lo arregle todo en un momento, en un pispás.

Genaro, mi taxista, echaba a todos los funcionarios a la calle y que se enterasen de lo que es trabajar.

Genaro, el dinero que se ahorrase, se lo daba, todo, a la empresa privada. Que ellos si que saben como generar riqueza para el país. «Los bancos son pro-fe-sio-na-les y saben repartir les perres» decía mientras daba golpes rítmicos al volante.

Genaro, mi taxista, se encoleriza mientras habla y habla. Él sólo responde su propia teoría de los recortes.

«…yyyy todos a la puta calle, que s’enteren»

Y al bueno de Genaro, con la excitación nerviosa, le dio un pampurrio a la cabeza. Llegado al hospital le dijeron que sí, que esperase la cola de «pampurrios», puesto que de los tres médicos que había… uno se jubiló y no lo cubrieron, el otro está por las tardes y al que le tocaba turno… es becario y va lentito.

Genaro recordó el taxi aparcado en la puerta, tuvo miedo de que se lo llevara la grúa. Con complicidad el conserje del centro le advierte que como sólo queda un retén de municipales, que… no se preocupe, que esa semana no toca este distrito…Un ciento de coches atascados detrás del taxi hacían sonar cláxones, las ambulancias ululaban las sirenas, el estruendo retumbaba en el hall.

El furibundo taxista, mentó a la madre del otro, a la suya propia y resolvió arreglarlo todo en un momento.

Saltó por encima de vehículos, movientes y semivomientes, para dirigirse a poner una queja sumarísima.

Estupor. Las 11 de la mañana. El registro cerrado.

Después de leer la nota informativo. Debido a los recortes el Registro abre de 8:00 a 8:05 «Mierda, otra vez estos mangantes».

Los ojos se le salían de las orbitas y decidió saltar la valla y coger por la pechera al primer funcionario que encontrara «…yyyyy montarle un pollo, un cisco, un te vas a enterar…». Los pasillos vacíos y solos. Más pudieran ser el desierto del Atacama ése que la sede de la burocracia institucional.

Dio dos voces «Ehhh, Ehhhh».

Pegó un grito «¿Hay alguien?…… ¿Qué si hay alguien?»

Al fondo del pasillo que está después del recibidor/que/hay/detrás/de/la/gran/Sala/Central/que/comunica/con/planta, vio una lucecita amarillenta que titila al ritmo de una vieja máquina de escribir.

Genaro, el taxista, allá dirige sus pasos. Colérico, cabreado.

«Seva’nterá, seva’nterá».

Después de recorrer los primeros 300 metros de pasillo por mor del cansancio, el espíritu  indómito de Genaro se fue calmando.

Los 400 metros siguientes; además del sobrepeso, los farias y los solysombras de cuando hay partido, lo dejaron exhausto.

Detrás de la máquina de escribir Olivetti un hombrecillo enjuto, de pelo ralo, vestía camisa blanca con manguitos de forro negro. Una charolada visera protegía su vista.

Miles de expedientes e informes asomaban por todos lados. Legajos e informes, adendas y reclamaciones. Subvenciones, control de gastos, tiques de farmacia, boletines del estado y de la provincia, de los municipios e incluso de bodas (civiles y militares).

El hombrecillo de la visera y manguitos mascullaba una risita irónica,

«Ya van 120.456», mientras apuntaba la cifra con su Olivetti electrónica,

«¡¡¡Ya van 120.456!!!»

Y se reía y se reía, a la par que se sujetaba con el índice el puente de las gafas.

«Venía por lo de protestar y eso…»

El hombrecillo estalló en un alborozo inusitado «Ji ji ji»

«Pase, pase pero tardaremos un poquito.»

Con su cuerpo encorvado le indicó el camino a seguir y le cedió el paso a la estancia aneja. Miles de archivadores y archivadores, carpetas, fundas, subcarpetas. Llegaban a un infinito techo. Imposibles pasillos se perdían en un estrecho horizonte.

El hombrecillo con destreza montó un archivador de cartón, homologado DIN A4, con lengüeta. Con tapa.

Haciendo uso de primor y delicadeza ayudó a Genaro a meterse dentro.

«Qué no entro»

«Qué sí hombre que sí, como no va a entrar.»

Una vez dentro de la ELBA 83-401, con el cariño que merece el acto, lo etiquetó con los códigos oportunos, lo cuñó y selló, para después con celo precintar con cello.

No sin esfuerzo lo subió al tercer estante, justo entre las reclamaciones y la exención de impuestos.

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