Cuestión de fe


Por Manuel Cortizo Velasco

No es mi cometido “predicar en el desierto”. Antes al contrario, mi deseo es profundizar en este camino donde nos han metido unos irresponsables a los que la vida de los demás les importa un huevo frito y cuya aspiración es enriquecerse al precio de la miseria de la mayoría de los pueblos del mundo. Esto, antaño lo veíamos en “países” lejanos, pobres de pedir, hijos bastardos del “Gran mundo” en el que entonces nosotros vivíamos. Hogaño lo tenemos en casa. Hoy sabemos que vienen a por nosotros: a por ti; a por mí; a por aquel…

En mi buena fe creo que debemos pararlos. Creo que nuestra paga de Navidad es el chocolate del loro comparado con lo que se avecina. Creo que somos cabeza de turco, el mascarón de proa de la primera nave. Luego vendrá la segunda y cuando toda la flota esté cercada y rota nos obligarán a hincar la rodilla en tierra. Y cuando se hinca la rodilla en tierra es muy difícil levantarse. Por eso creo que es AHORA, HOY, cuando debemos mantenernos en pié y apalancarnos. Nuestra misión es dar la tabarra hasta la extenuación.

Nuestra clase política no quiere enterarse, (véanse los dispendios de los nuevos presupuestos), de que están haciendo las cosas mal, por mucho que se lo estemos diciendo desde todos los ángulos, pero hay que hacerlos doblar la cerviz para que vean más abajo de sus narices. Están acostumbrados a mirar al frente; al árbol que les impide ver el bosque.

Nosotros, los trabajadores de  las distintas administraciones, no vivimos en un mundo aparte. No nos cansamos de repetir que nuestra labor como trabajadores públicos es servir a la “res publica”; Es nuestra principal convicción a tenor de las pancartas que sacamos a relucir en las manifestaciones “por lo público”. Sabed, pues, que somos el enemigo público número uno. ¿Por qué? Por que representamos la legalidad, la equidad, la igualdad, la justicia… y todos los derechos de los que nos dotamos hace 34 años en la Constitución. Y somos de alguna manera, (aunque alguna gente en la calle aún no lo comprenda), la garantía de que las cosas se hagan acorde a las leyes y a la Constitución. Y eso no interesa. Por eso vienen a por nosotros.

Dado que, a veces, hasta los más comprometidos dudamos del buen fin de nuestra actividad, de nuestro compromiso; y supuesto que los menos comprometidos no solo dudan de nuestra actividad en contra de la penuria futura, (tal vez la nuestra; seguro la de nuestros hijos y probable la de nuestros nietos), sino que nos pueden tomar por unos “ilusos” con pretensiones de cambiar el mundo, he querido incorporar al blog, (con su venia), un testimonio de un “becario”, es decir, de una persona, con carrera terminada, dos o tres master y varios idiomas que desde que terminó sus estudios no ha dejado de trabajar, bien que en unas condiciones penosas para sus méritos. Unas condiciones de Becario. Veámoslo.

El incontrolado efecto becario

Corría el mes de febrero cuando el gobierno de este país tan particular decidió seguir las directrices de nuestra gran Unión Europea y ejecutar un plan de reformas que proponía, cierto es entre otras medidas, abaratar los costes de despido como medida para la creación de empleo. Suena cuando menos contradictorio, ¿verdad?

Ahora bien. Voy a permitirme aceptar esta medida cual pulpo como animal de compañía y presuponer que en la cabeza de nuestros dirigentes se dibujaba la idea de incentivar a los trabajadores a desempeñar con más ahínco del habitual sus funciones laborales, a la vez que se pretendía que aquellos otros trabajadores que acostumbran a pasar prácticamente confundidos con el mobiliario pudieran dejar su puesto a esos millones de parados que se agolpan en las colas del INEM dispuestos a darlo todo. Arriesgada maniobra que pasó imperdonablemente por alto, dos premisas básicas para el ejercicio de este plan:

  • El funcionamiento del sistema laboral español. Y no me refiero a las leyes escritas o a los códigos de comportamiento, me refiero a lo que está fuera del manual. En un país en el que el fraude fiscal y la evasión de impuestos supone uno de sus principales problemas; ocurre también que la información que sale extramuros  muros de las empresas, (dicho de otra manera las condiciones de trabajo impuestas en un contrato) casi nunca se corresponden con las reales. Se premia más al que echa más horas delante del ordenador (aunque sea leyendo el Marca), que al que realiza su trabajo de forma eficiente y cumple el horario pactado. Y es que queremos aplicar medidas europeas a un mercado laboral que, como el país en su conjunto, is different.
  • El inmenso agujero negro que abarca el mercado del trainee o becario. El cómputo general de las becas está regulado para una duración máxima de un año y con el derecho de cotización a la seguridad social. En las becas asociadas a centros de educación estás reglas dejan de ser efectivas mediante un mero eufemismo que se define en el contrato como “prácticas no remuneradas con ayuda al estudio”. Cualquiera de las dos opciones deja totalmente desprotegidos a los becarios, pero también a los trabajadores activos de las empresas, ante abusos por parte del empresario.

La combinación de estas dos lagunas en el “plan”, nos llevan a un escenario en que el empresario, amparado al 100% por la legislación vigente, es libre de decretar despidos de trabajadores y reemplazar sus puestos con becarios con sueldos precarios o a veces incluso inexistentes, desesperados por acceder al mercado laboral. Nadie lo regula. Nadie lo controla.

La nueva Ley Laboral decreta que puede haber despidos en caso de resultados negativos en un determinado periodo temporal: es decir, contempla el despido porque la empresa tenga un nivel bajo de carga de trabajo; en que su número de trabajadores es demasiado elevado para el nivel de actividad. Es decir, el empresario con estos despidos esta “declarando” que tiene un exceso de plantilla. ¿Pero quién controla que después la empresa no absorba becarios con salarios inferiores al salario mínimo interprofesional (748.30 € mensuales)? Nadie lo regula. Nadie lo controla.

Y es que esto es lo que está pasando en este país. Nos canibalizamos a nosotros mismos. Los trabajadores sacrifican su vida personal por la profesional, tratando de mostrar al empresario las muchas horas y dedicación que arrojan a la empresa. Los jóvenes más preparados de la historia de este país se malvenden en el “rastro” laboral a precios muy inferiores a su valor real.

Los propios empresarios, que quizás no se dan cuenta, ven cómo sus negocios facturan día a día menos por la simple razón de que si acostumbras a la gente al miedo y la incertidumbre, lo mismo recibirás en retorno. Si el dinero no fluye en un sentido, tampoco lo hace en el otro.

La conclusión a todo es lo que vemos día a día: cifras de paro más altas, empresas con menor facturación y la palabra CRISIS (sí, en mayúsculas) en la primera plana de todos los diarios. El plan de contingencia puede ser mejor o peor valorado, pero sin los puntos analizados en este artículo es en lo que se ha convertido: un plan de precarización del trabajo, destrucción de riqueza y del estado del bienestar.

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