Por qué no debemos abandonar la calle


Por Manuel Cortizo Velasco

“Hay un enfado generalizado en España, (…) resultado de las políticas que se están realizando, sin que exista ningún mandato electoral para ello. Y existe también un agotamiento que está conduciendo a una rendición, expandiéndose la percepción de que las movilizaciones y la agitación social no sirven para nada

Voy a tomar prestado este párrafo de Vicenç Navarro para incidir en el tema del agotamiento al que podemos abocar por no ver resultados a corto plazo. Y es cierto. Estamos todos cabreados con las políticas que se están llevando a cabo sin el consentimiento siquiera de los propios votantes del PP. Y parece que se esté levantando un muro infranqueable entre nosotros, los ciudadanos de a pie y la «casta» dirigente, que no otra cosa es el eficaz elenco del expeditivo caudillaje establecido, del cual el Gobierno de España no es sino un alfeñique espantajo. Estamos viendo día a día como nuestros derechos, nuestro Estado del Bienestar, nuestros salarios, nuestro trabajo y nuestro descanso están cayendo uno tras otro, cuando no todos a la vez, pues se quebranta todo cuanto hay establecido, y no encontramos la manera de enfrentar esta batalla: no tenemos más estrategia que la de dejarnos ver todas las semanas en la calle llamando canallas a quienes doblan la cerviz al paso del Imperio. Pero, es precisamente ese dejarnos ver y oír lo que nos va a mantener vivos y, lo que más tarde o más temprano ocurrirá, poner nerviosos a los peones de este ajedrez inmundo.

Lo que está ocurriendo todos sabemos que no tiene calificativo. ¿Cómo es posible que un Gobierno, contradiga a sus propios votantes? ¿Cómo es posible que, a pesar de todas las recomendaciones contrarias a su política económica y social sigan, erre que erre, el camino equivocado? ¿Tal vez porque es eso lo que pretenden; salirse con la suya, pese a quien pese? Tal vez su deseo es convertir este país en un páramo sin mieses; convertirnos en mano de obra barata una vez reducidos a la miseria desde la cual la rebelión es poco menos que imposible. Para ello precisan acabar con todo tipo de resistencia. Y en ello están: promulgando leyes increíbles por retrógradas; apremiando a quien se ponga en su camino; poniendo en el poder a personas cuya moralidad es algo más que dudosa.

Los empleados públicos no somos los únicos en padecer la maldición de este sanedrín podrido, pero sí somos los primeros. Porque somos los que más estorbamos en el camino de la contra-democracia; en el camino hacia un nuevo tipo de dictadura: la dictadura de la democracia. Tiene gracia. Y, dicho así,  hasta parece una broma de mal gusto. Mas, una guarida desde la que se fabrican «democráticamente»  normas a diario, con la mascara de la protección del bien común, pero cuya finalidad acaba siendo a corto plazo el recorte de algún derecho ciudadano, y que, además, solo puede abrirse desde dentro. Ya me diréis a qué se parece…

Y una democracia torticera deriva hacia sistemas totalitarios desde los que todos los recursos pueden ser usados en contra de los ciudadanos.

La Constitución, el Estado Constitucional y la Democracia de las leyes, “sólo” cuentan con nosotros, los empleados públicos, como su guardia pretoriana. Generales, centuriones, decuriones o simples miembros de la legión desarmada tenemos la misión de preservar las normas. Y como miembros de la civitas, como ciudadanos, no sólo estamos legitimados para defender nuestros derechos, sino que también tenemos el «Deber» de hacerlo. Porque todos los ciudadanos tenemos el deber de defender nuestras libertades con todos los medios a nuestro alcance, todos tenemos el deber de salvaguardar nuestra vida y la propia dignidad.

Si no nos hacemos valedores de nuestras propias opciones legítimas, pésimamente podremos afrontar los ataques de aquellos interesados en acabar con el sistema. Los verdaderos “antisistema”. (Aunque ellos estén tratando de trasladar ese concepto hacia los ciudadanos, hacia los que protestan en la calle; a los que se quedan en casa; a los que navegan por Internet; a los que escriben y a los que callan). Están intentando, (¿consiguiendo?), inducirnos miedo.

Así es que, si nuestra única estrategia, (no tardarán en aparecer más), es la salida a la calle, no nos privemos de ella, no nos quedemos en casa o en el lugar del trabajo. Salgamos, a defender lo que es nuestro, aunque nos conviertan en anatema.

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