Seguimos


Ya han pasado varios meses desde que usamos los viernes para expresarnos por las calles de Oviedo. Reconozco que yo no le fiaba tanta vida y, sin embargo, se han instalado esos movimientos ya como una costumbre, y es ese aspecto casi de tradición la sustancia que genera el arraigo que se necesita para que no decaiga el ánimo.
Las noticias que recorren estos días los medios invitan a proseguir, diversas agrupaciones en no pocos casos más bienintencionadas que sólidamente estructuradas consiguieron, con su infatigable runrún, que se elevara a instituciones habitualmente ajenas a problemas populares -jueces, sacerdotes, prensa…- la consciencia respecto al drama de los desahucios. Y ahora, cuando sobre cualquier mostrador de taberna se comenta el tema, nadie parece acordarse que hace unos pocos meses eran poco más que los perroflautas quienes demandaban atención al problema. Excuso comentar que las soluciones tomadas de urgencia apenas son un gesto disimulado, pero eso es harina de otro costal.
Realmente son esos pequeños triunfos, efímeros a veces, los que estimulan a perseverar, y conviene no olvidarlo, ya que la confrontación es contra un toro muy grande, que no ceja en su empeño, no duerme, no bebe, no descansa… pero es vulnerable.
En estos días, en torno a la huelga del 14-N, fui vendimiando al azar en los medios diversas noticias que me dieron que pensar. Por ejemplo, en un repaso a las anteriores huelgas generales, escuché que en una del año 78 (que yo no recuerdo) a nivel europeo se protestaba porque el nivel de desempleo medio en Europa estaba a punto de rebasar el ¡5%! (lo escribo; el cinco por ciento). Más tarde, en la grande del 85, los caballos de batalla eran los empleos basura (¡quién los pillara!) y unas tablas de cotización para jubilarse que pasaban de dos a ocho años. Hoy son veinticinco.
A nada que reparemos en estas cosas -no hay nada como las hemerotecas- podemos pasmarnos con nuestra propia dejadez; los problemas crónicos se instalan en nosotros, se arraigan y no provocan señales de alarma porque nos habituamos a convivir con ellos. En estos días, gobernados por un partido extremadamente conservador y, no lo olvidemos, respaldado por muchos millones de votos, se nos va haciendo habitual oírles reclamar modificaciones en cuanto a las posibilidades de que el pueblo sostenga herramientas reivindicativas. No nos engañemos, llamemos a las cosas por su nombre, como ellos -de momento- no se atreven a decir; se quiere prohibir el derecho a huelga, a manifestarse, si les valiera cercenarían cualquier elemento de expresión, no se dude, porque en su código nuclear anidan tales ideas, por mucho que en declamaciones se les llene la boca de democracia y derechos. Y se envalentonarían bastante si encadenaran dos o tres legislaturas en mayoría.
Si alguno duda al respecto que repase el cuestionamiento que en unos pocos meses de gobierno han manifestado hacia algunos de los logros de los últimos tiempos, esos que les resultan urticantes (homosexuales, aborto, derechos laborales, educación….etc) pero rogaría que no se pierda nunca de vista que su respaldo les llega de casi diez millones de ciudadanos encantados de tenerlos ahí; no son sólo ciento cincuenta congresistas.
Cuando recorremos las calles los viernes no se me escapan algunas miradas de desaprobación, y hasta desprecio de ciertos ciudadanos. Ahorro exponer aquí los calificativos que sin duda nos dedican y que todos conocemos. Sin embargo no estaría de más hacerles ver que nuestro mal es el suyo, un dicho castellano ilustra este asunto “de lo que se rompe nadie gana” y así es, no comprende el taxista, el comerciante de la calle Uría, por muy de derechas que sean, que sin la suma de las partes lo suyo también se tambalea y que nuestro mal es también el suyo. Tampoco olvidemos que nuestra pelea se enmarca dentro de un todo, es una actitud, nada nos desacreditaría más que un movimiento por el “qué hay de lo mío”. Del mismo modo que no se vería coherente que se movilizase alguien contra los accidentes de furgonetas verdes que atropellan a ciclistas los sábados y no a favor del todo que es la seguridad vial.
Por lo tanto me felicito de que sostengamos la llama prendida, contra el viento. Estos pequeños gestos que tanto temen, particularmente si no pueden identificarlos con siglas reconocibles y paniaguadas, son pequeñas piedras, que desde diversos lugares suman; temen al alud y nuestro enemigo ahora es el desanimo, no cejen. En breve haremos un picnic callejero reivindicativo con motivo de la cercanía navideña. Será un buen momento para seguir expresando y, por qué no, para estrechar y compactarnos. Puede ser divertido.
Una canción me deja una frase sobre la que me gusta reflexionar “…para unos veneno y para otros simiente”.
Hasta la próxima.

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