Impasible el ademán


Por Manuel Cortizo Velasco

Hay ciertas similitudes que espantan. Esas tres palabras forman parte de una canción de infausto recuerdo, pero no es por ese motivo por el que vienen a cuento en este escrito, sino porque hoy estamos viendo cómo la democracia se está deslizando peligrosamente hacia una oligocracia reaccionaria y dictatorial. Pues sí. Nuestra democracia está cerrando el círculo de lo intocable. Si se observa atentamente, (a veces no es necesaria mucha atención, pues cuando te crees impalpable siempre queda una rendija abierta), cuantas leyes se promulgan hoy en día tienden un espeso velo de bruma erudita que impide distinguir su apariencia protectora de los máximos axiomas de nuestra libertad, igualdad, justicia y participación política, (amparada en una jerga propia ininteligible para el común de los humanos), de lo que realmente son: una añagaza, mediante la cual se autoprotegen los oligarcas, la casta, que hoy dirigen nuestro destino en lo universal.

Como si no fuese con ellos la cosa, basta un vistazo alrededor nuestro para observar que calamidades sin fin y sin nombre hasta esta fecha, devoran nuestras conciencias. Cientos, (más bien miles), de desahucios de pobres hombres y mujeres que dejaron su piel en sus puestos de trabajo y la ilusión de ver a sus hijos y nietos disfrutar una vida mejor, en una democracia mejor, que la conseguida hasta la fecha, (se pensaba que era evolutiva, no cerrada en si misma; final). Una democracia abierta a la innovación legislativa, ideológica, en la que caben todas las iniciativas, desde las de los menos poderosos a las de los más fuertes, (por supuesto). Esos cientos de miles de ilusiones se ven arrastrados por el suelo, con la ayuda de la ley que nos protege, de la policía que nos guarda, soslayando la solidaridad, vacua al fin, de quienes intentan ayudar y no pueden. Y detrás de todo: El Gran Poder, los bancos y sus piquetes de intervención.

Otra mirada en torno y descubriremos cómo miles de jóvenes se ven abocados a la frustración en su vida, porque la sociedad oligarca obscenamente los expulsa de sus ilusiones, de sus estudios y de sus trabajos; de sus méritos, de sus parejas y de sus potenciales hijos que serían nuestros nietos, privándonos a todos de la continuidad radiante de la evolución y sumiéndonos en una profunda desazón. Todo porque los fondos que permitirían que la vida continuase su curso normal, están destinados a pagar las quiebras, (en su mayoría a buen seguro fraudulentas), de esos bancos a los que, además, les pagamos su solvencia con nuestros impuestos y que una vez solventes, en vez de devolver el dinero recibido, en forma de préstamos al consumo, a la industria, al desarrollo de la sociedad, lo reinvierten en otros menesteres como comprar deuda del mismo Estado, que es menos arriesgada que el crédito personal. Y así, una y otra vez como la pescadilla que se muerde la cola, reinician el nuevo ciclo del expolio.

Pero, ¿qué importa la injusticia de un desahucio? ¿Qué el suicidio de un parado por no poder dar de comer a sus hijos? ¿Qué importancia tienen los sucios proletarios, – palabra proscrita por discordante – si son los causantes de este desaguisado por “vivir por encima de sus posibles”? El pensamiento imperante e impertinente es que ese malgasto de haberes de la clase baja y media hay que recortarlo como sea, siempre y cuando no se agote la fuente de ingresos de las grandes corporaciones – ese sería el fin del capitalismo y no conviene -.  Que vivan, pero al límite.

Peones, albañiles, ingenieros, mineros, carpinteros, personal de la Administración, -estos sobre todo, que son un elemento excesivo que esta sociedad no puede permitirse y que además cumplen y hacen cumplir la legalidad-, marineros y panaderos… Todos están viviendo por encima de lo que valen. Todos están malgastando sus energías en ocios malsanos. Hay que recortar, recortar, que no necesitan tanto.

Todo este razonamiento no tiene nada de iluso. Es el libelo teórico y el imperio práctico del Liberalismo a ultranza impartido, por no apuntar más lejos, desde las élites financieras de Europa. No la Europa de los pueblos, que es la que deseamos casi todos, (excepto los que la construyen), sino la Europa de la especulación, la del parlamento electo, ecléctico, casi hereditario, y mudo. La Europa de la Comisión de los adalides del nepotismo, del capitalismo más rancio. Pero  el frío metal del que están hechas las monedas no conoce fronteras, ni naciones, ni regiones históricas. Sólo conoce su valor facial. Y país a país, cada uno de los europeos, por no estirar geográficamente el mapa, va a tener que apechugar con su propia “crisis”. Por eso, no es Europa la culpable. No somos los europeos los causantes de este desaguisado, aunque muy probablemente, más temprano que tarde, se nos inculcará que sí; aunque solo sea por ver como nos enfrentamos unos a otros una vez más. No caigamos en esa tentación, por favor. Hay que mirar más arriba: a las élites multinacionales, (y multiculturales, no lo olvidemos), que son las que manejan los hilos. Nosotros somos únicamente sus títeres. Pero, si los títeres gritamos sin descanso, con furor; hasta la afasia, todo puede cambiar. No hay poder que aguante el impulso de un pueblo despierto. TODOS JUNTOS. Una vez más la unidad de las fuerzas disconformes, despejadas y cargadas por la razón de vivir, es la única capaz de detener la tiranía, aguantando, eso sí, los envites, incluso físicos, de los déspotas.

Y, aunque no hay mal que cien años dure, si no se siembra la patata, ésta no nace. Los recortes a destajo no van a levantar a los pueblos. Solo sirven para engrosar arcas y arcones; para satisfacer la avaricia de la clase superior. (Porque… Supongo yo que esa casta debe sentirse superior, porque si no… ¿Qué sentido tiene acumular lo que nunca, en siete vidas, podrás gastar? Pero, superior en qué y a quién… Harina de otro costal).

Nosotros nos quedamos con la patata que no crece y a la que hay que sembrar y regar y cuidar para que podamos vender el sobrante a quienes lo necesiten y tengan trigo para pagarnos, en forma de dinero, claro (y hasta habrá para regalar). Es decir: si quieres recoger mieses, planta semillas y tendrás el trabajo que necesitan los bienes para ser producidos.

El esquema se repite verticalmente de sátrapa en sátrapa, sin que nadie levante una voz. Y hay instrumentos, (personas), para levantar la voz, para enfrentarse a esta miseria. Para decir ¡basta! Entonces ¿Qué hacen? ¿Dónde están? ¿Todos diciendo amén? Lo entendería como lógico, si todos los líderes fuesen ideológicamente iguales. Pero se predica por ahí que no, que no todos son iguales. Pero, en la práctica, no se les ve, no se les oye, no se les siente. Es más, algunos muy cercanos a nosotros, no solo ayudan a recortar, a instancias de sus superiores, (menuda falacia la autonomía así entendida; que no puede defender a su población), si no que, incluso, pretenden arrancar la raíz. Y henos aquí, en nuestro propio terreno, tan cercano, tan endeble…tan ¿Ideológicamente distinto?

Salvando las distancias: Asturias, España, Europa… Es el mismo esquema. La misma receta para todos, cada uno a su escala, cada cual a su ordenado modo. El mundo está cayéndose y ellos están… Impasible el ademán.

Se me ocurre que una vez que nos han situado al borde del abismo, sean valientes y den ellos un paso al frente.

Abismo

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