Doctrina Caníbal


Por José Peira

En zoología se denomina cainismo a la estrategia de algunas especies o individuos para prosperar. Es el caso del cuclillo, que como todo el mundo sabe deposita su huevo en nido ajeno a fin de que sean otros quien carguen con el trabajo de sacarlo adelante. Para ello sincronizan puesta y eclosión con el de sus huéspedes y el polluelo debe nacer al menos al tiempo que sus hermanastros, si no antes, y así ser lo bastante vigoroso para arrojarlos del nido y recibir en exclusiva los recursos de sus ignorantes padres adoptivos.

Con todo, los polluelos arrojados del nido, de no morir, tendrían un comportamiento muy competitivo con sus propios hermanos, hostil, particularmente si la temporada fuera escasa en recursos. La Naturaleza es ciega, cruel desde el punto de vista de la contemplación humana, aunque en sus inercias y automatismos azarosos no quepan adjetivos. Nosotros, Homo Sapiens, como parte de ese todo natural, no estamos ajenos a tales inercias, y muchos de nuestros impulsos se arraigan en la noche de los tiempos dominando conductas cotidianas.

Pero más allá de ser una especie más somos una especie única y tenemos un don que ninguna otra posee; la conciencia. De manera que en base a ella se fueron estableciendo conductas éticas, más refinadas a medida que la civilización era más compleja. Sépase que el ojo por ojo en su momento fue un avance formidable y establecía una justicia proporcionada frente al mal infligido.

Sin embargo, a mi modo de ver, el destino de las sociedades tiende a estar regido por locos, unos sapiens en cuyo currículo evolutivo queda mucho más brillo al impulso ancestral que a la razón civilizadora. A esos los llamamos enfermos. Y son quienes marcan el paso.

Esos locos llenan páginas y páginas de la historia; Caligula, Hitler, los inquisidores, en fin, toda suerte de fanáticos y hasta la reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas. Y menciono sólo los reconocibles, ya que en las sombras medraron siempre psicópatas de toda índole que tejieron y movieron los hilos del mundo. Pongamos el caso actual de Eurovegas, ese escándalo esférico (por donde quiera que se lo mire) que anidará a buen seguro en los alrededores de Madrid. Sobrevuelo por conocidos los intereses generales que se vulnerarán por mor de unos millones a repartir. El tipo, de cuyo nombre no voy a acordarme, es un bulto sospechoso capaz de conquistar los corazones de los gobernantes de imperios debilitados, capaces de entregar a sus hijas como vestales al sacrificio de unos porcentajes del pastel, o mejor, a las hijas de otros. A pesar de la alfombra persa extendida a sus pies y de toda suerte de facilidades otorgados a la voz de su amo la mera proyección técnica requerirá de un mínimo de siete, diez o tal vez más años. Hablamos de que el cabeza visible del tinglado es un hombre de ¡84 años! Que en el mejor de los casos acudirá a la inauguración anclado a una UVI móvil por un soporte vital de primera generación …sobran comentarios. O no.

Regresando al punto de arranque de que estamos en manos de enfermos conviene reflexionar con este y otros casos. La codicia, la desmesura del sistema, tiene una tendencia inequívoca a una auto organización devastadora para las mayorías, sin válvulas reguladoras estamos en sus manos, en sus ávidas manos. La clase política, que debiera ser el colchón amortiguador entre el poder y la humanidad se compone a partes de mediocres, de codiciosos trepas y de bon vivants. No siempre debió ser así, ya que es indiscutible que al menos en Occidente se fueron obteniendo logros, cuotas justas y éticas que hoy nos parecen irrenunciables, y así debe ser.

Ante el asedio que hoy sufren esos logros y la duda razonable de si se nos permitirán otros conviene no bajar la guardia, sostener niveles de conciencia crítica y, en la medida que se pueda, obstruir esos procedimientos caníbales.  Son tiempos de un desierto en cuanto a unos representantes dignos de los derechos y deberes de los ciudadanos, nos hallamos ante una crisis de valores sin precedentes que tienen su máxima expresión en el apisonamiento desmesurado que pretende, y por el momento está consiguiendo, el patológico poder de los codiciosos.

Los estadios evolutivos premiaron en la historia natural a los individuos con el impulso de acopiar. Por eso un perro puede comer hasta reventar, o un paisano. Pero por el mismo concepto ético que no arrancamos las tripas a quien nos hace una faena al volante o no eliminamos a los hijos del vecino para procrear nosotros, debemos considerar que el acopio de miles de millones de dólares, propiedades, privilegios es un impulso atávico que se debe considerar enfermizo pues se sustancia en una ausencia de controles primarios. Desafortunadamente, y por ciertas razones, no está mal visto por las sociedades; los conceptos ambición o competitividad son muy bien valorados y no se trata de estar en contra de ellos porque sí, es estimulante crecer aprovechando las circunstancias, pero por la misma razón que no se vería bien procrear en plena calle y a la fuerza por muy estimulantes que sean la seducción y el sexo se deben imponer resortes que defiendan a las mayorías de las compulsiones de algunos. Eso, sencillamente, hoy, está dejando de ocurrir.

Cuclillo

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