Malas Artes


Por José Peira

La información es poder, quien la detenta puede modificarla para obtener ventajas y beneficios. No por nada el pilar fundamental de toda dictadura es el conglomerado de cuanto medio informativo sea posible bajo su único control. No en vano en lo que consideramos democracias occidental hay una dura guerra empresarial del ramo. Se puede llegar muy lejos manipulando a favor tales herramientas; Berlusconi, Esperanza Aguirre, Camps, no son más que ejemplos vergonzantes, pero casi en cualquier lugar, el poder, y también los políticos, precisan del control de la opinión generalizada para medrar.
Internet ha venido a mover la silla de esta realidad, su estructura impredecible, espontánea, viral, ha democratizado de alguna manera la información. Cierto que circulan muchos bulos e infamias por la red, pero no menos que por Telemadrid, La Razón o TV3.
Aun con todo el poder del poder es grande. Valga como ejemplo la percepción de impunidad que algunos supuestos representantes del pueblo demuestran estos días, apresurándose sin sonrojo a ocupar puestos relevantes y bien remunerados en empresas que ellos mismos privatizaron valiéndose de su cargo público. Para constatar que la repugnante infamia ha variado poco a través de la historia traigo unas opiniones vertidas por parte de un alto funcionario de la Corona en el Nuevo Mundo allá por los inicios del siglo XVI “Los indios son vagos, mendaces, inclinados al mal, sodomitas y dados a crímenes nefandos” Bartolomé de Las Casas, tiempo después, apeló que se los difamó, entre otros motivos, porque quien eso dijo era “el encargado de despojar a los indios y apoderarse del botín” ¿Os suena de algo?
Hay una ofensiva latente por parte del poder económico (el verdadero) que encuentra cultivado el caldo en una sociedad que siempre valoró a la baja al empleado público. Ahora, que los especuladores ya no quieren ser constructores, la cultura del mete uno y saca diez parece decantarse por la sanidad privada -de momento- y poco a poco irán accediendo al botín que supone quedarse por la cara cualquier estructura social, con un capital humano de alta calidad, gran cartera de clientes y futuro de enriquecimiento a corto plazo, que es lo que les gusta a estos. Y las pérdidas que las absorba el estado, o Ausonia Lady, tanto da.
Estoy convencido de que si se quisiera vender la sanidad española, o la red de infraestructuras por lo que realmente valen, no habría empresa capaz de asumir tal inversión y, de haberla, sin duda quedaría saldada la deuda soberana, la campurriana y la zamorana, y aún nos sobraría pasta pare regalarle a Alemania y organizarle a Grecia unos Juegos Olímpicos.
Por eso, cada vez que en la mediocridad informativa de unos, o las aviesas intenciones de otros, destilan informaciones poco favorables a la función pública, no estamos viendo sino la punta del iceberg; los colmillos de los Gúemes y Urdangarines, el veneno de las Sicav, de Alierta, el botín de los Botines y, lo que casi es peor; el desmantelamiento moral de la ciudadanía que asume que para mantenerse en la superficie basta con ser un sinvergüenza, un golfo apandador y un delincuente.
Discutir en todo tiempo y ocasión, ser paladines de la administración es tarea a asumir. Más allá de que se precisen justas reestructuraciones hay que poner en valor lo que significa. Gandhi decía una frase acertada: “Tú debes ser el cambio que quieres para el mundo”

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