Velocidad de crucero hacia el iceberg


Por José Peira

Hace como cien años se fue a pique el Titanic. La herida que le hizo el iceberg al casco en la oscuridad del Atlántico Norte lo mandó al fondo en poco más de tres horas. La conmoción que provocó aquel accidente, por lo emblemático del buque, los mil quinientos muertos y la relevancia de muchos de ellos tuvo entre otras consecuencias el inicio de un lento declinar de aquel glamuroso concepto de los viajes transoceánicos. Por aquellos días ese barco representaba lo mejor de su especie en cuanto al lujo y la tecnología, también al desafío industrial y comercial que acometía el proyecto. Eran años del clímax del transporte a vapor, madurado tras varias décadas de desarrollo, unos días en los que los motores de combustión interna daban aún vacilantes pasos y la aviación era tema de unos cuantos locos con disparatados cacharros.

Las compañías navieras habían creado un distintivo; “La Cinta Azul” con el que se distinguía al barco más rápido en cruzar el Atlántico, aquella cinta, ondeando entre los gallardetes de algún mástil y estampada en los folletos publicitarios era un gran reclamo en una era de intensas migraciones continentales y lujosos viajes placenteros para la gente millonaria.

El accidente de ese emblemático buque dejó destapados también algunos costurones feos, de esos que permiten dormir mejor a todos si no se sabe mucho de ellos, eran la basura bajo la alfombra en un resplandeciente mundo de tecnología, espuma contra la proa y bailes con el capitán sobre el paralelo 42 Norte.

Es asunto conocido que entonces no se llevaban suficientes botes de salvamento para todos los embarcados, no en el Titanic, sino en todos los barcos. La tragedia de esa nave supuso un cambio en la normativa y a partir -más o menos- de entonces, se hizo obligatorio entre otras cosas no embarcar a más personas de las que los botes podrían acoger, incluso menos. En el orden de embarque en las lanchas se privilegiaba al pasaje de primera clase (primero las damas…etc) y la previsión en el más ordenado de los casos hubiera supuesto que la mayor parte de la tripulación y los pasajeros de tercera no habrían tenido más oportunidad que tirarse al mar helado. El desorden supuso que en ese aspecto se mezclaran un tanto las clases sociales, aunque la mayor parte de los fallecidos hay que buscarlos entre los desheredados que viajaban en tercera y la clase trabajadora de la nave.

Visto con retrospectiva no sólo nos parece increíble, además nos causa indignación, también podemos aquilatarlo como un laboratorio a escala de la injusticia y el reparto de privilegios de la época, algunos tan elementales como el derecho a la vida. Sin embargo, mi reflexión quiere enfocar a un aspecto que el paso de cien años puede haber desdibujado y que, me hace preguntar, si en estos días en que vivimos no sucederá algo parecido con respecto a una visión de dentro de varias décadas.

¿Cómo se asumía entonces el hecho de que un barco navegara con insuficientes botes salvavidas? ¿Cómo se acataba que esa insuficiencia afectara inequívocamente a los pobres? Naturalmente, cabe pensar que desde el punto de vista de una marquesa (pongamos por caso) era lógico; salvar su vida, sus joyas, a su perrita Cuchi y acaso a su ayuda de cámara. Para su mirada, el resto, eran esa gentuza que te hace los recados (los tripulantes) y la chusma de segunda y tercera. Lo que se me hace interesante es pensar en cómo se asumía; incluso para las clases trabajadoras y los emigrantes de tercera, que las cosas eran así y no podían ser de otra manera. Esa resignación da para desguace filosófico.

¿Cuántos debates de los que sucedieron al hecho contaron con detractores con argumentos para no implementar esos botes que faltaban? Alegarían que aumentarían los costos, se estrecharía el espacio, qué sé yo, augurarían el final de las grandes compañías y la navegación toda con la consiguiente reducción de puestos de trabajo, riqueza… y bla, bla, bla…

Esa misma riqueza a proteger era quizás la causa de que se hubiera ahorrado en soluciones estructurales que hubieran evitado el naufragio, mientras que no se escatimaba en el grosor de las alfombras en los camarotes de doscientos metros cuadrados, las lámparas de Fabergé o la cubertería de plata. Hablando de primera, claro.

La cuestión es que hasta entonces nadie había pensado en ese detalle, hubieron de morir mil quinientas personas (y entre ellos varios reconocidos millonarios) para establecer el debate a nivel de barra de pub. Con la reglamentación de los botes se reconocía una dramática injusticia que a día de hoy apenas se distingue de unos artículos de seguridad en el transporte.

Sospecho que ya se intuye a dónde quiero ir a parar. Esta sociedad que se desbarranca es como un inmenso trasatlántico, una nave mal gobernada, impelida a navegar por encima de su velocidad de crucero en un peligroso mar plagado de banquisas, tiburones, monstruos marinos… El reconocimiento también se tiene sus distintivos, sus “cintas azules”, en pos de las cuales algunos apretaron en exceso la presión de las máquinas; el triunfo, los números uno, el consumismo, el acopio de capital. El empresario del año, el banquero del mes, la portada de Forbes, la comisión, el dinero negro, el tráfico de divisas, el gasto desmedido, los fastos innecesarios, la codicia, la avaricia, la patología material…

Quizás cabría ser más generoso y reconocer que el mundo fue mejor gracias a ese empuje de la iniciativa privada, capitalista y de transacciones trasnacionales. Que la justicia, la sanidad y la calidad de vida se extendieron como nunca. El asunto es que ahora, hoy, cuando la nave por circunstancias a discutir se va a pique, resulta que no encontramos botes para todos. Diría más, nos envían a la grieta con cubos y  la consigna de achicar agua, tratar de salvarlo como sea, a toda costa, a taponar con todo lo que encontremos a mano y sea genuinamente nuestro, no suyo. Las clases preferentes telegrafían a servicios de rescate que acudirán en helicópteros a sacarles de cubierta al tiempo que dejan la factura sobre el mostrador de recepción. Nadie se hace responsable, ni el capitán borracho, ni el comisionista que compró un radar de segunda mano, ni el chef que le añadía agua al vino, ni Cuchi, el yorkshire, que mordisqueaba los manguitos del timón, ni el que vendió los botes para pagarse una fiesta, ni el que se gastó la prima del seguro en el casino del salón Ambassador, allí la orquesta ha dejado un cd de grandes éxitos mientras los carteristas hacen sus últimos trabajos en las rampas de acceso a las lanchas inexistentes.

Nos han dejado la cuenta, la de los martinis del bar, las joyas de la condesa, la de los mamparos que no existían, la de la subvención del carbón de las calderas y hasta los daños al iceberg. Y encima no hay botes para todos.

Nuevamente pagan los de segunda y tercera, tal vez dentro de cien años alguien haga una película en 6D de estos sucesos de hoy. Entonces se sorprenderán, se indignarán al ver que las capas privilegiadas, no sólo configuraron un mundo injusto, en el que se priorizan los recursos para sostener al propio sistema por encima de las personas, sino que además, en la adversidad, fueron incapaces de proteger ese mundo injusto que ellos habían diseñado.

titanic

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Un pensamiento en “Velocidad de crucero hacia el iceberg

  1. BUENISIMO y a la vez DRAMÁTICO reflejo de la realidad social, lo peor es que con el Titánic murieron 1500 personas y ya no se supo de ellas… hoy están enterrando viva a una gran parte de nuestra sociedad… no sé que sería peor aquella trajedia o esta.. hoy es una realidad contra la que se puede y debe luchar antes de llegar a películas 6D… para que los que la sufren de verdad no tengan que llegar a enterrarse ellos mismos..

    Un abrazo

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