Sindicaleces


Por José Peira

En estos días en los que la Iglesia anda a vueltas con el recambio de su Papa pasma comprobar el herrumbroso boato en el que se envuelve. La propia llegada a Roma de los elementos que decidirán –los cardenales- es de una lentitud exasperante, en la era de los vuelos supersónicos, el internet y la Teoría de Cuerdas, ellos van llegando al estilo del siglo XVI, como si mensajeros a caballo hubieran de recorrer el mundo para llevar la noticia de la Sede Vacante.

Puestos a tomar la decisión sucesoria uno los imagina en rígidos sillones aterciopelados color burdeos, adormecidos, enmarañados en protocolos y procedimientos espesos, murmurando en latín de manera que desde la sala contigua se perciba un sonido semejante a un hervor monocorde, melancólico, mortecino.

Desde luego nadie les supone en una reunión de trabajo dinámica, aportando ideas originales, vanguardistas del tipo los obispos han de ir en camiseta en la que  insertar publicidad a fin de financiarse

Las últimas apariciones por mi centro de trabajo de los representantes de los sindicatos tradicionales en tareas informativas han dejado una sensación – poco sorprendente por cierto- de trabajo rutinario, resignación, tedio, impotencia, que se acompaña del desagradable aroma de lo rancio. Algo muy parecido a lo que puedo sentir por esa Iglesia atávica.

Lo cierto es que los sindicatos clásicos se han transformado con los años en complejos cascarones, llenos de órganos, organismos y mesas negociadoras. Como cualquier partido político la mayoría de sus recursos son absorbidos en la mera pervivencia de esos edificios mastodónticos en los que se han convertido. La ideología revolucionaria del mensaje inicial hace décadas que se extinguió dejando paso a una ideología conservadora, alejada de los nuevos tiempos, aunque no hayan renunciado objetivamente a nada, se les percibe cada día más y más lejos de la calle.

Su discurso, sus acciones, su propia estética, con unos líderes, semejantes a obispos vitalicios, ya no conectan con un mundo que ha cambiado mientras ellos discutían si vienen galgos o podencos.

Lamento pensar así, y lamento que mi indignación me lleve a expresarme de este modo sin ningún cargo de conciencia, pero es lo que veo. Desafortunadamente su función debería ser la de amortiguar el peso del poder sobre la clase trabajadora, pero los tiempos han cambiado, la patronal aprende más rápido que ellos, quizás porque evoluciona más apresuradamente, inserta en sus estructuras a los más aptos para sus intereses y se renueva optimizando sus aguijones. Los sindicatos se pierden en corrientes internas, apoyos y mansedumbres. Les hicieron en su día el flaco favor de mantenerles y se convirtieron en paniaguados. Pero hay más.

España es una sociedad tradicionalmente alérgica al pluralismo, traído esto al tema de esta entrada, se diría que los grandes sindicatos (nacionales y sectoriales) han terminado por creer que la lucha y la reivindicación eran patrimonio suyo y de alguna manera se hicieron intolerantes con la disidencia. Basta una charla de cinco minutos con algunos sindicalistas para percibir esto, admiten acaso que se pertenezca a otras siglas, pero desconfían de los nuevos métodos. Simplemente sienten que el dominio de su ecosistema se tambalea. Como a las creencias religiosas, que asumen mejor a los creyentes de la competencia que al ateo, los sindicatos históricos muestran un inquietante paralelismo, así los “increyentes” son vistos como “los otros”; tolerables mientras no alteren mucho el redil. Es decir, mientras esa disidencia se resigne a cierta marginalidad.

Los tiempos han cambiado y a muchos les pilla con el paso perdido, la progresiva debilidad de los grandes sindicatos se manifiesta en un alejamiento imparable de la población trabajadora, aburrida de un discurso monocromo, previsible, que asiste entre bostezo y bostezo a la convocatoria de unas huelgas cada vez menos secundadas que transcurren “con normalidad” y vuelta a sentarse con la patronal para que les lleve al viejo circunloquio de los galgos y los podencos.

Y hay más. A nivel de los delegadillos que merodean cada tanto por los centros de trabajo se ha establecido un discursito cínico y desdeñoso que soporto mal; a la menor ocasión dejan entrever que la culpa de su falta de fuerzas tiene el origen en la inacción de la gente. No se puede discutir que España es una nación que reivindicó poco, que es conformista. Salvo cortas etapas de vigorosas acciones la historia de este país puede definirse como una sumisa balsa de aceite en la que los cuellos se cortaron mucho más por la parte de la Inquisición o el ejército que por la población indignada. Los dictadores en estos pagos mueren octogenarios de flebitis y a la reina se la dice guapa, como a las tonadilleras. Esa es la verdad.

Pero con todo, en esta época que vivimos, hay suficiente terreno abonado y argumentos para la lucha, la reivindicación y el compromiso. Es ahora y acá donde se deben ganar las cruces de hierro, y en Oviedo algunos deberían sentir sonrojo al ver que su espacio ha sido ocupado por cuatro gatos que llevan sacando a la gente nueve meses a la calle, que han establecido una carrera de fondo con escasos recursos, contra poderes muy, muy grandes. Quizás sólo se trate de entusiasmo y sus derivadas imaginación, fe, creatividad. También cercanía, comunicación. Me llegan noticias de otros lugares del estado en los que el sentimiento es el mismo. Parece que la marea desplaza algunas viejas naves en su marejada. Ha llegado la final olímpica y algunos vinieron sin zapatillas. Una pena.

Ya no espero que se regeneren los viejos cascarones, como no lo harán los arzobispos. Algún día llegarán nuevas creencias que arrinconen a esos latinajos, quizás el tiempo de los sindicatos ha pasado, han amortizado su ideología; la sociedad civil vive una realidad diferente muy dinamizada y cambiante, sierva acaso de rumbosas tecnologías que ellos no captan aturdidos por su sordera de órganos consultivos y comités de empresa. El sistema los absorbió, y es frente a ese sistema contra el que se plantea la guerra hoy, de manera que quedan en el lado equivocado de la trinchera.

Algún día los antisistema de hoy serán también asimilados y deberán dejar paso a otras fórmulas. Es la vida. Entretanto, los cardenales murmuran incomprensibles letanías que nunca entendería su pueblo amado, ese que cada día les es más desafecto, podrán echarle la culpa a los gays, al divorcio, a la ingeniería genética o a los pantalones de campana. Tanto da. Su discurso somnoliento es una voz de otros tiempos. Y sin embargo, el Papa ha dimitido. Vivir para ver.

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2 pensamientos en “Sindicaleces

  1. Párrafo 11. A mi nadie me “saca” a la calle, salgo yo solito. Salgo todos los viernes negros, TODOS, y no necesito ni la fe ni el entusiasmo ni la creatividad de nadie, me basta con creer en lo que hago y saber que como yo no defienda lo mío nadie me lo va hacer. Y ni sindicatos tradicionales ni sindicatos de nuevo cuño. A estas alturas no nos vamos a engañar, TODOS buscan lo mismo, lo que pasa es que unos han llegado a la “meta” antes que los otros. Pero no te equivoques, quizás es “lo que tú ves” como dices, pero el origen de la inacción de la gente no hay que buscarla SOLO en la falta de fuerza de esos sindicatos, sino también y fundamentalmente en la propia gente. ¿Dónde están los viernes? ¿Y dónde el día de la entrega de las medallas de Asturias? ¿Y dónde el día de los Premios Príncipe de Asturias? ¿Me vas a decir que el escaso centenar de personas que vamos, que casi siempre somos los mismos, somos todos los trabajadores de la Administración Autonómica? ¿Dónde están los casi 30.000 empleados públicos que somos? Vamos a “vendarnos” los ojos y echarle toda la culpa a los sindicatos tradicionales. Es que no tenemos bastante con el recorte de salarios, la supresión de “moscosos” y de vacaciones, el aumento de jornada laboral, la reforma laboral, los recortes en sanidad, en educación y en bienestar social… que todavía necesitas que alguien “te saque” a la calle. ¡Venga ya! Yo tengo mi propia forma de ver las cosas y, ya que el tema viene de connotaciones eclesiásticas, nadie me va a hacer “comulgar con ruedas de molino”. Y para terminar un pequeño consejo, si lo quieres tomar o no es cosa tuya, pero a mi modesto entender flaco favor le estás haciendo a la causa con éste tu artículo. Es el momento de sumar y lo que estás haciendo no me parece que vaya en esa dirección

    • Quería terciar para dar mi opinión. Yo también salgo a la calle prácticamente todos los viernes, desde que se inició la movilización. Y a eso voy, a que acudo a una llamada que “alguien”, que no soy yo, organiza. Salgo empujada por el empeoramiento de mis propias condiciones laborales y, sobre todo, porque los gestores de la política están socializando pobreza y sufrimiento, menguando servicios públicos, añadiendo dificultades a quienes están en peor situación, sin que se les ocurra recortar sus propios despilfarros (y lo sé bien: trabajo en la administración autonómica). Salgo por la falta de vergüenza que tienen estos servidores de la ciudadanía, porque no me conformo ni pienso consentirlo….. Pero no lo haría yo sola, ni acudiría al toque de los “sindicatos tradicionales”. De hecho, no participo en ninguna iniciativa si convocan “ellos”: a mi manera de ver, son parte del mismo sistema podrido que ya, no sirve. Algo habrá, que hace que un puñado de gente vayamos viernes tras viernes a manifestar que ni colaboramos ni nos vamos a resignar. Creo que el debate es sano y, naturalmente, respeto tu parecer. Por mi parte, agradezco de verdad a ese grupo de gente, a la que ni conozco personalmente, que desde hace muchos meses aporten su tiempo y pongan sus nombres y sus caras para que podamos evidenciar que no somos indiferentes a lo que están haciendo los grandes poderes, que estamos y seguiremos en la calle y que no nos moviliza ningún aparato, sino la suma de nuestros enfados y de nuestras esperanzas. Considero que los recortes no son mayores porque no se atreven. Las nuevas propuestas de hacer sindicatos y movimientos sociales, o, en realidad, de recuperar los originarios, contribuye a hacer frontera y arrastran a gente como yo misma, que aprovecho esa fuerza para sumar, modestamente, la mia.

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