Seis millones de monos


Hoy ya nadie cree que el hombre descienda del mono, o no al menos de monos conocidos hoy, ya que en el pasado, antes de la especie Homo, nuestros antecesores eran sin duda primates con carta de origen. A ciertos aristócratas y realezas varias habría que recordarles eso de que todo linaje tiene como antepasado un gusano que se arrastró por el barro

El antepasado común del ser humano y el chimpancé se calcula que existió hace siete millones de años, en aquel momento, un primate tuvo dos hijos, de uno derivó una línea cuyo resultado podemos admirar en el zoo y en las películas de Tarzán y del otro se llegó al camarero de la esquina, la vecina del quinto y el eurodiputado por Álava.

Si cualquiera de nosotros se agarrara a la verja de la Junta General del Principado, y con la otra mano tomara la de su madre, y ésta la de su madre, y ésta a su vez la de su madre y así sucesivamente (suponiendo que pudiéramos reunirnos todos a un tiempo, que todo hay que explicarlo) se llegaría a un individuo (o individua) que en su momento parió esos dos hijos que comenzaron las distintas andaduras: si este ser a su vez tomara la mano de ambos hijos y cada cual fuera asiendo a uno de sus hijos (o hijas…) en un camino de retorno, el resultado sería que agarrados a la Junta, frente a frente, estaríamos cualquiera de nos y, por ejemplo, Chita.

Tras esta extraña introducción quería llegar a un cálculo matemático; la distancia que nos separaría de nuestro antepasado común con el chimpancé en esa hipotética fila, recordemos, la fila de ¡siete millones de años! apenas llegaría a trescientos cincuenta kilómetros, es decir, no llegaríamos desde la Junta ni a Madrid, la fila quedaría terminada en la soledad de la estepa castellana a algo más de cien kilómetros del Congreso de los Diputados.

Pues bien, la fila que formarían los seis millones de parados que adornan a nuestra sociedad tendría unos nueve mil kilómetros. Se podría rodear tranquilamente la Península Ibérica y aún sobraría personal, o cruzar el Charco hasta Río de Janeiro, o África de norte a sur hasta Ciudad del Cabo (y lo siento por quienes les toque desierto).

No hay muchas ciudades europeas que tengan seis millones de habitantes, pero recordemos lo que se tarda en sobrevolar París, o Barcelona, o dejarlas atrás con sus circunvalaciones. Pensemos que cualquiera de esas urbes estuviera habitada solamente por personas sin empleo, sin esperanza muchas de ellas, desanimadas, asustadas, confusas…

Ese es el panorama, podemos no querer mirar, pero el drama es de un tamaño que nos exige respuestas, a la sociedad toda, y no estaría de más empezar por la autocrítica, a pararnos a pensar por qué hemos conseguido que la mayoría de nuestros representantes no nos representen, por que asumimos que obedezcan a la voz de su amo o sean tan eficientes para proteger sus privilegios y hacer piña ante avatares que les afectan directamente y les resulte tan complicado atacar con valentía los problemas de las mayorías. Debemos asumir que esa fila de seis millones debería rodear el Congreso con un lazo de trescientas vueltas y obligarles a permanecer ahí dentro hasta que no salieran con resultados constatables o las dimisiones en la boca.

Y es quizás un tema que exige reacción de más de los seis millones de parados, porque dentro de un tiempo serán siete. Hay un millón de personas obligadas a salir a la calle ya, contra reloj, porque su tiempo se acaba. Hace unos días un ciudadano de Oviedo expresaba su malestar en la prensa porque la Marea Ciudadana del 23-F le había dejado unas pegatinas en las vidrieras de su puesto de trabajo. Quizás él no lo sepa y su nombre ya esté inscrito en la macabra lista del millón siguiente. Parece que en esta sociedad nadie reacciona hasta que no le afecta directamente a sí mismo y ello habla poco y mal de nosotros mismos; la inacción es la mejor arma del enemigo, las víctimas se convierten en cómplices del matarife, las cebras se resisten a correr o cocear al león y éste se trae a sus amigotes a merendar.

A la mitad aproximada con cierta mentalidad crítica habría que animarla (animarnos) a pensar en equipo, la atomización de las respuestas tiene aspectos enriquecedores pero debilita las posibilidades de éxito. No tanto por las diferencias sino por las divergencias y cierto cainismo que merece ser estudiado a fondo. Si pisamos los pies a quien marcha a nuestro lado jamás llegaremos a ninguna parte.

Estamos, pues, más cerca de ser chimpancés que de resolver medianamente los problemas laborales. Es tentador sucumbir al pensamiento de que nada podemos hacer, y sí; eso parece. En nuestra misma propuesta la sensación tras estos diez meses de movilización es que no se ha logrado nada. Pero es preferible pensar en positivo y meditar en lo que podría haber sido si nos hubiera invadido la quietud. Todos estos pequeños y dispersos brotes de resistencia son avisos que parpadean en el tablero de mandos del poder, les darán tal vez qué pensar. Hace mil generaciones algunos peludos antepasados contemplaron igualmente el titilar de las estrellas, quizás se negaron a seguir teniendo temor al león. Ya no les iba a dirigir los pasos la dictadura feroz, implacable e imprevisible del medio y comenzaron a transformar las leyes del juego.

Aquellos antiguos valientes están aún cerca, si nos damos la mano todos llegaremos a ellos en apenas unos cientos de kilómetros. Y cambiaremos la ley de la selva. Financiera.

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