Contra los maledicentes


Carta de los lectores. La Nueva España,  12 de Octubre del 2013

Nunca discutas con un idiota porque aquel que os viera podría no notar la diferencia. Soy muy fiel a este consejo de Kant y me he ido acostumbrando a callar cuando lo que detecto del otro lado es una gran ignorancia, una irracional visceralidad o una inamovible testarudez. No es raro tampoco que todos esos aspectos caminen juntos. Sin embargo, lo que me anima a expresarme en este caso es quizás la irritación que me provoca que lo dicho haya sido hecho en medios de gran difusión y el efecto negativo que ello causa.

Un antiguo alto cargo político, con responsabilidades de gobierno nacional en su día, anda por ahí diciendo mentecateces sobre el trabajo y la honestidad de los funcionarios. El personaje se atreve a soltar lo que suelta sin acreditar ni una sola de sus sentencias, y es que aquí opina cualquiera. Intuyo que no le debían tener en mucho sus pares, pues ni la talla dio para que le colocaran en una hidroeléctrica, una telefonía o una caja de ahorros como es costumbre en el gremio, de manera que anda de plató en plató para que le paguen las copas y es ahí en donde despliega su supuesta ironía y su presunto conocimiento de todo aunque lo que yo veo es una risita cínica y una actitud de matoncillo de taberna o club de carretera -a elegir- bajo los que se envalentona para decir lo que dice.

Si le alcanzara el don de la lucidez siquiera unas horas -apartarse de la bebida es un buen inicio- comprendería que de ser cierto lo que dice habría de culparse de ello sobre todo a sí mismo; si durante sus tiempos de relevancia en el gobierno de la nación fue incapaz de corregir ese vicio de los funcionarios de llegar dos horas tarde al trabajo para salir inmediatamente a tomarse un café y leer la prensa deportiva, es que él y su equipo de gobierno fueron unos inútiles incapaces y carecieron de redaños para arreglar semejante desorden. Si es verdad lo que él y otros aseguran de que no se puede soportar esa lacra del gasto público que se sustancia en el exceso de medio millón de empleados que además son unos vagos y unos gorrones yo afirmo que tiempo y herramientas tuvieron de enderezar el entuerto, y no lo hicieron. Los muy cobardes.

José Luis Peira García (Piloña)

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