Érase una vez


Érase una vez un país muy cercano en el que muy pocos tenían mucho y muchos tenían solamente lo justo. La gente se veía obligada a trabajar toda su vida para poder ser alguien ante los demás, el dinero era la única divisa válida para existir y para la mayoría de los habitantes de ese cercano país, solamente el trabajo les proporcionaba el tan codiciado dinero.

Dinero, había mucho, pero estaba muy mal repartido. Los que tenía mucho querían tener más y decidieron que había que amarrar el gasto de los que menos tenían,  que eran tantos, que al final gastaban  demasiado, con lo que urdieron un plan para gastar menos en ellos y así poder seguir acumulando más y más dinero para sus bolsillos.

La mayoría de los que tenían poco aceptaron la decisión de los poderosos como un castigo casi divino contra el que nada se podía hacer. Asumieron que gastaban demasiado, que eran culpables por haber vivido por encima de sus posibilidades, que eran muchos y por lo tanto sobraba gente en los empleos, en las fábricas, en las oficinas, que además cobraban salarios muy altos para unos tiempos en los que había que apretarse el cinturón, con lo que empezaron a ver como día a día sus condiciones de vida empeoraban.

Pasó el tiempo y ya no eran algunos los que sufrían en sus carnes las decisiones de los poderosos, sino que pasaron a ser muchos, en muchos hogares ya no tenían trabajo ni el padre ni la madre, tampoco los hijos en edad de trabajar encontraban dónde hacerlo, con lo que el dinero empezó a escasear, la gente comenzó a pasar necesidades, hubo que ahorrar, primero en gastos ociosos, pero enseguida se hizo necesario recortar gastos en ropa, en calefacción, hasta en comida; no fueron pocos los que tuvieron que abandonar su casa por no poder pagarla.

En los barrios donde más gente obrera había, se extendía el desánimo por la situación y la desesperación por la falta de futuro, pero nadie se decidía a plantar cara, porque la batalla ya parecía perdida de antemano, no se puede ir contra los poderosos  y además, ellos tenían razón, había que hacer lo que se hizo y está.

En las zonas que habitaba gente más acomodada, aquéllos que tenían trabajo, miraban para otro lado mientras seguían intentando mantener su nivel de vida sin preocuparse de lo que les pasaba a sus vecinos más pobres.

Fueron muy pocos los que osaron levantarse contra el destino de los acontecimientos. Aún fueron menos los que decidieron hacer de esta lucha su Cruzada. Solamente algunos cientos de Príncipes Rojos llevaron al pueblo el mensaje de la justicia y la dignidad. Fueron ignorados primero, criticados después, atacados finalmente, pero lograron llevar la semilla de la rebeldía a unos pocos más, que a su vez lo pasaron a otros y así lograron que se fuera tejiendo una red de apariencia débil, pero de fuerte resistencia, una potente tela de araña que, invisible, está esperando el momento de tensarse para plantar batalla contra los avaros, usureros y prestamistas, contra los corruptos que se aprovechan de la paciencia y la bondad de la mayoría.

semilla copia

La semilla está plantada y cuando reciba el abono necesario brotará con fuerza y entonces los justos saldrán a la calle y quienes los oprimen con exquisitas formas pero implacable fondo, tendrán que retirarse para abrirles paso y escapar, porque su empuje será imparable y ya nada volverá a ser igual que antes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s