El poder de la dignidad


Artículo completo de Publico.es

Una ola humana inundaba Madrid este fin de semana. Quizás ha sido el tsunami que se espera tras las diferentes Mareas que han atravesado el país durante los últimos tiempos. Más de un millón de personas ilusionadas (calculando que ocuparan 295.030 m2 en un perímetro de 7,42 km y, a una media de 4 personas/m2, serían aproximadamente 1.180.120 manifestantes), con los pies rotos pero el corazón firme, llegaban a la capital desde todos los territorios del Estado entre aplausos, canciones, bailes y abrazos, pidiendo “pan, trabajo y techo”: una lección de democracia en toda regla.

La ciudadanía ha sacado músculo. Una ciudadanía que no es mansa, que no es silenciosa, que no está zombi, que no se resigna, no se deja humillar y que se siente dueña de su futuro, decidida a poner freno al atropello sistemático de los derechos y libertades de la clase trabajadora, buscando la unidad a través de la organización y la lucha. Y parece que se va consiguiendo.

La democracia está secuestrada, se ha convertido en un simulacro que una minoría utiliza a modo de negocio particular. Un voto, emitido cada cuatro años, no puede servir para insultar a la ciudadanía, para ningunearla, defraudarla y humillarla. No puede servir como pretexto para despreciar el valor de las miles, millones de personas que este 22 de Marzo se han erigido en una ciudadanía empoderada que asume responsabilidades y las exige, actuando, practicando democracia, peleando por reavivar los canales ya obstruidos de participación y creando otros nuevos, inventando las maneras de convivir las unas con las otras que niegan desde arriba. Porque sí: no son izquierdas ni derechas, son los de abajo que van hacia arriba, capaces de dejar las diferencias a un lado. Hablando de conceptos tan bellos como desconocidos en los pasillos del Congreso: de solidaridad, de unión, de libertad, de derechos. Hablando de dignidad.

Seguimos de resaca democrática. Estos días hemos visto que el trabajo en red, ajeno a los partidos políticos y a los sindicatos, va fraguando y es, más que posible, necesario. Una respuesta colectiva contundente en un contexto de emergencia social límite.

¿Cómo es posible congregar a más de un millón de personas en Madrid sin ayuda ni colaboración, sino más bien lo contrario, de los partidos políticos mayoritarios? Con el silencio de los grandes medios de comunicación y el de los sindicatos principales, que aprovechaban para reunirse con Rajoy.

Esta manifestación tenía un tinte especial por ser la culminación de unas marchas que llevan desde febrero, en algunos casos, recorriendo el país para reunirse en Madrid. La planificación previa durante meses hizo posible el éxito de estas seis marchas que han caminado la península: más de 300 asociaciones, grupos, sindicatos y miles de personas sin ningún tipo de carnet se han unido para movilizar conciencias en defensa de la dignidad. A través de carteles en hospitales, asociaciones de barrio, del boca a boca y de las redes sociales. Tejiendo redes entre las distintas esferas periféricas, creando poder desde la calle.

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Esta alianza `multiétnica´ ha reunido a todos los oficios de la base, del otrora conocido como “Cuarto Estado”: desde los activos jornaleros del Sindicato Andaluz de Trabajadores hasta los ciudadanos comprometidos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, desde los incansables servidores de la Sanidad Pública hasta los ejemplares bomberos, tuvo su reflejo en la manifestación del sábado: hombres, mujeres, niños, mayores, inmigrantes subsaharianos, peruanos, protestantes turcos, incluso indios sijs con su larga barba y su turbante… todos a una, más allá de las siglas y las personalidades. Todos desbordando dignidad, haciendo más real que nunca el grito de “el pueblo unido jamás será vencido”.

Hoy en día, solo las organizaciones no institucionales de la sociedad civil son capaces de movilizar y reunir a ciudadanos tan diversos en pos de una causa común que cualquiera puede abrazar como propia: la dignidad.

Esa misma que los distintos Gobiernos tratan de aplastar y reducir con cada desahucio, cada euro pagado a los banqueros, cada servicio público recortado, cada promesa incumplida…

Ellos que se autoproclaman “representantes” de la sociedad deberían, por una vez, leer un periódico digital o darse un paseo por las redes sociales, quizás incluso en YouTube, para ver que la ciudadanía sabe representarse sola y habla por sí misma. Y sí: también saben decidir por sí mismas qué hacen o qué no hacen con su cuerpo.

Maniobras todas en las que cuentan con el apoyo, directo o indirecto, de losempresarios cada vez más ricos, los defraudadores más lustrosos y, por supuesto, los periódicos más dependientes de sus ayudas. Las principales portadas nacionalesminusvaloraban o criticaban la manifestación, en una línea más suave que la de Ignacio González, pero con similares intereses. Dice mucho de nuestro país el hecho de que nos informen mejor de nuestra realidad desde medios extranjeros.

Y es que han sido estos propios medios (también en radio y televisión) los que ignoraron las marchas hasta pocos días antes de la gran movilización.

No podrán decir que por falta de interés general, puesto que en las redes sociales los ciudadanos y periodistas comprometidos se encargaron de hacer unseguimiento de este hito y publicarlo para el resto del público. Debe ser que a estos medios, tan sobrados de lectores últimamente, no les interesa esta audiencia. Allá ellos.

Será que no es tan heroico y digno de alabar la lucha por la democracia aquí comolo es en Ucrania o Venezuela.

La afluencia en estas semanas de dignidad y el ejemplo de unidad y solidaridad que han demostrado los ciudadanos debería ser una nota a tomar en cuenta por aquellos que dicen “servir al público”, sea en las redacciones o en los Parlamentos. Es un símbolo de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Si hacen caso omiso, no importa: Colón no es la última parada de la dignidad, los y las marchantes apuestan por que continúe en el tiempo, que una a cada vez más gente, que alcance más conciencias, que active a quienes aún son espectadores de su propio drama. Si el grito de las marchas no les llega, quizás un día desearán haberlo escuchado y será demasiado tarde.

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