El contradiscurso


Por José Peira

Perder derechos, y no privilegios. Este es tal vez el caballo de batalla, el marketing o la idea corporativa de nuestra causa. Conviene no olvidarlo.

El rodillo compresor del poder trata a toda costa de inocular ideas equivocadas, falsear la auténtica verdad, o la realidad que queremos, si se prefiere. A cada mengua, el mensaje que la acompaña es una retórica que desafortunadamente va calando, al menos por mera fuerza de la gravedad; llevan meses -como mínimo- justificando sus actos, a todas luces alejados del interés general. Si lo reducimos a la causa de los empleados públicos, que ya es reducir, a nadie escapa –desde este lado de la trinchera- el desprestigio que al trabajador público se le está sometiendo, y también, en general a cualquier ente, organismo o institución al que acompañe el remoquete “público”.

Cierto que esta lluvia se esparce sobre suelo mojado ya que –no nos engañemos-, quien más, quién menos ha padecido de alguna manera a la administración. Sin embargo, incluso a nosotros mismos, sufridos trabajadores desprestigiados, nos pasa por alto la cotidianidad de lo mucho que supone ese bien común que la sociedad que tenemos configurada atesora en “lo público”. No querría repetir los manoseados argumentos que en estos últimos tiempos todos hemos leído, pero no está de más un repaso liviano para combatir al apisonador y formidable enemigo que tenemos enfrente: recorremos carreteras, usamos aeropuertos, vamos al médico por avenidas iluminadas y reguladas por semáforos, protegidos hasta donde se puede por una policía, nos recogen la basura y tiramos de la cadena del inodoro, los enfermos, ancianos y otras personas con desventajas cuentan con apoyos que les mantienen dentro de la comunidad, visitamos museos, bibliotecas, mandamos a los niños a campamentos y tras todo ello, y mucho más, existe la mano de la administración. Con certeza que todo es mejorable, pero a nadie escapa que esto funcionaba peor hace cincuenta, cien años…

Un poco de historia. Excavaciones en un yacimiento del Cáucaso han dado con un dato revelador; el hallazgo de la mandíbula de un anciano de quien no cabe duda que vivió años sin dientes. Dadas las extremas condiciones de la época se considera que esa persona fue mantenida con vida por su comunidad a pesar de lo enojoso que debió ser cargar con un elemento no productivo. Ni siquiera se trata de un Homo Sapiens, sino de unos homínidos de hace casi dos millones de años. Por lo tanto se concluye que está en la esencia primordial del ser humano, desde las raíces de su linaje, la cooperación. Y ningún experto pone en duda que esa fue una de las herramientas fundamentales para atravesar triunfalmente como especie el trayecto de cientos de miles de años.

Las mejores sociedades son cooperativas. Podemos envidiar a bote pronto otras sociedades pasadas o actuales, idealizarlas, como la rutilante riqueza de los estados artificiales del Golfo Pérsico, por ejemplo, pero no son más que cotos de millonarios sustentados por sociedades esclavistas, carentes de derechos elementales. Los locos años veinte donde apenas bailaban con esos primorosos vestidos unas pocas privilegiadas mientras legiones de niños sostenían aún con su fuerza de trabajo los entresijos del mundo productivo. Nos quieres hacer creer que la pujante energía y el poder industrial de los estados modernos no pueden más que ser sostenidos por una gran nación y por tanto son el objetivo, pero su enfoque con prevalencia absoluta hacia la iniciativa empresarial aparta a una gran parte de la sociedad de conquistas que a nosotros los europeos nos son comunes y convierte en privilegios lo que la mayoría por acá observamos como derechos. En fin, son ejemplos: podríamos seguir, pero en este mundo de sociedades altamente imperfectas yo prefiero una en la que la administración sea densa –no engorrosa-, alejada al máximo de la política para no convertirse en herramienta partidista y que siga velando con espíritu cooperativo por el bien de los más.

Trabajar para la administración es una decisión, y por ello se perciben ni más ni menos que derechos acordados. Quien apuesta por la iniciativa o empleo privados apuesta y gana, o pierde, y es su decisión. Negarse a asumir el doble peso –como ciudadanos y como empleados públicos- de la carga de esta crisis es un acto de justicia elemental. Tenemos un deber; esmerarnos en propalar el contra-discurso que enfrente argumentos a la contaminación que nos rodea; no somos un peso, una carga, ni los causantes máximos del problema, sino un elemento necesario para el cotidiano devenir de todos, incluso para los que opten por la delincuencia, que tendrán limpia, ordenada y en condiciones su cárcel.

Viviendo en Matrix


Por José Peira

Supongamos que la percepción de la realidad no fuera la misma para cada individuo. En cierta manera esto es lo que propone la película Matrix, la primera, por supuesto, ya que las subsiguientes no son más que una interminable secuencia de mamporros y tarascadas. En ella se invita a reflexionar sobre la configuración de la realidad que cada uno ejerce; ¿es acaso el sabor de una fresa para mí lo mismo que el pollo en pepitoria para cualquiera de vosotros? ¿se convino que el color rojo es lo que yo entiendo por rojo y para otro es el verde? En este caso ambos señalaríamos a longitudes de onda distintas llamándolas por el mismo nombre porque acaso los mecanismos oculares no sean exactamente iguales. En realidad Matrix no es innovador con la idea, Descartes hace varios siglos argumentó largamente antes de concluir que para él la certeza única era el “pienso luego existo”. Más o menos.

Pero regresemos a la peli, en donde la gente vive realidades que proponen a medias sus propios cerebros y ciertos estímulos que les introduce el programa Matrix. Así la gente cree que vive siendo un carpintero, una divorciada o un miope, aunque en realidad su no vida apenas sirve para sostener el sistema del que es cautivo. A veces me pregunto si no estaremos ahora mismo dentro de una realidad configurada cuyo objetivo principal es mantenernos quietos, sumisos y tranquilitos, sosteniendo la vida privilegiada y golfa de unas minorías. Recibo en estos momentos la información del aumento de las tasas judiciales, los sacerdotes imponen sus criterios en materia educativa y en época de supuesta falta de recursos se destinan pluses a la causa privada, cualquier ciudadano de medio pelo con posibles (bastantes posibles) posee una cuenta en Suiza, o en las Bermudas, la banca juega y gana, el derrumbe económico, y moral, y de derechos en Occidente es un acontecimiento mayúsculo, parece que Matrix se activa y la mayoría de los ciudadanos se mantiene pasmosamente pasiva.

Esa pasividad resignada da que pensar. Al parecer la ciencia ha determinado que los cerebros de los conservadores son más rígidos a la hora de meditar, cuestionar y acometer cambios, se diría que una vez logrado un estilo de filosofía son muy resistentes a plantearse actitudes críticas. ¿os suena?. Pero no termina ahí la cosa, los menos conservadores quizás sean más proclives a la crítica, a la indignación, pero al menos en este país hay una escasa cultura de la reclamación. A nada que se medite da la impresión que una fuerza invisible sostiene en calma el patio. Nos asaltan día a día, con toda impunidad, asedian sin sonrojo logros obtenidos tras lustros en democracia. Sube el transporte, bajan las prestaciones, todos los días nos desayunamos con empresarios modélicos fotografiados con las manos en la masa, más valdría llamarlos emprersarios (de empresa y corsarios)… y eso es lo que traspasa el bien cuidado huerto de la información. No voy a seguir porque todos sabemos a lo que me refiero.

Concluyo que la democracia actual, en España, Europa, es una farsa, un acto circense convocado cada cierto tiempo para acallar más nuestras conciencias que las de “ellos”: La campaña y el posterior uso del voto constituyen una avalancha constante de engaños. Delata el menosprecio de los cuadros dirigentes por la inteligencia. Presenta una corrupción insidiosa de actitudes populares sobre las cualidades éticas. Hay incluso políticos, algunos de distinción notable, que son cómplices de empresas con intereses alejados del bien general.

Acostumbrarse a la mentira pone los cimientos de muchos otros males. Seamos sinceros, la crisis ha sido gestionada por políticos mediocres, ávidos empresarios y una silenciosa y sumisa población encandilada por el fulgor de finales de copa y adormecida en la letanía del “la culpa es de ellos”.

Yo, qué queréis que os diga; prefiero el insomnio a la anestesia. Definitivamente, sobre todo al mirar hacia ciertos ciudadanos, sospecho que estamos dentro de algo que se parece mucho a Matrix.